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Mi “peculiar” aventura en Cabra

Estaba yo en Cabra, un pueblo de la provincia de Córdoba, y buscaba una carpintería que me habían recomendado por el virtuosismo del viejo carpintero. Dejé el coche en la primera plaza que encontré, dispuesto a pasear un poco por tan hermoso pueblo, ya a la entrada, las calles empedradas y las fachadas encaladas me invitaban a caminar.
En media hora pude comprobar que todas las calles estaban cuesta arriba, todas las muchachas de la localidad tenían unas pantorrillas esculpidas en mármol. Yo acostumbrado a Córdoba la llana, empecé a perder fuelle y cuando me adelantaron un par de ancianas me sentí obligado a descansar. Dedicidí justificar la parada preguntando a un lugareño por la carpintería.

– Buenas tardes, ¿Sabe usted donde queda la carpinteria de Marcos?
– Claro que si, coge usted toda esta para arriba, y cuando llegue a la iglesia gire a la izquierda donde el estanco y a doscientos metros una callecita sin salida, ahi tiene la carpinteria.
– Muchas gracias.
La explicación había sido tan corta y tan precisa que no me había dado tiempo a descansar. Yo pensaba alargar la explicación para recuperar el aliento, pero había sido tan claro el hombre que no me quedaba resquicio a la duda.
Reanudé la marcha. La pendiente aumentaba y mirando al fondo, la calle se me hacía infinita. De repente sentí el impulso de dar la vuelta para coger el coche y subir motorizado. Pero antes de dar la vuelta escuché la amable voz:
– ¡Todo hasta arriba hasta la iglesia!
Era el amable egabrense que estaba pendiente aún y me recordaba las indicaciones por si las había olvidado en esos cinco segundos. Me pareció inapropiado dar la vuelta en ese momento y decidí dar la vuelta cuando el señor se hubiera olvidado de mi.
Caminé cuesta arriba otros dos minutos, tal vez dos y medio, y decidí que había tocado fondo. Era el momento de volver al coche.
– ¡Cuando llegue al estanco a la izquierda!
– ¡Justo después de la iglesia!
El amable señor seguía allí abajo, y se le había sumado otro que completaba las explicaciones y lo acompañaba mientras observaba mi trabajoso ascenso. Me pareció mal momento para dar la vuelta ante tal demostración de ánimo. Caminé un buen trecho y mi voluntad ya no era mía. Eran mis gemelos los que amenazaban con huir cuesta abajo.
– ¡A doscientros metros una callecita sin salidaaaaa!
– ¡No tiene perdidaaaa!
No podía decepcionar a mi club de fans. Tenía que llegar arriba aunque sólo fuera por responder a tanta amabilidad, en realidad no quedaba tanto, o si, en ese momento doscientos metros me parecian doscientos kilómetros, mis gemelos habían callado, en realidad parecían haber muerto, y de repente tuve una idea genial, no necesitaba ir a la carpintería de Marcos, había una en mi barrio, tal vez el carpintero no fuera tan virtuoso pero todos tenemos que comer, la decisión estaba casi tomada.
– ¡Justo al llegar a la iglesiaaaa!
– ¡Ya queda pocooooo!
Los dos ancianos seguían indicándome, y viéndome flaquear, empezaron a caminar hacia arriba amenazando con alcanzarme en pocos segundos. Intenté continuar pero mi cuerpo no hizo lo que yo le ordenaba, en lugar de eso fue a sentarse en el escalón de una casa. Mis nuevos amigos me alcanzaron antes de que pudiera acomodarme.
– Aqui no es, tiene que llegar hasta la iglesia.
– Ya, me he parado a descansar .
– Ah, claro.
– Es que no estoy acostumbrado.
Ya no me importaba reconocer mi debilidad, ni defraudar el entusiasmo de nadie.
– Tenía que haberse parado a descansar, allí donde me preguntó al principio, es lo que hacemos todos, si no es que no hay forma.
Así aprendí a pasear por Cabra: allá donde te encuentres a un egabrense parado, para, y no continúes hasta que no lo haga él.

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