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“Fergus” (relato participante en el I Certamen Relatos Cortos de Solturismo)

Eran las once de la mañana cuando Javi llegó a la estación.
Con gran expectación, pudo comprobar que había más gente de la que esperaba. Desvió la mirada hacia sus padres y sonrió. Mamá estaba muy guapa. Se había dejado el pelo suelto y se había puesto aquel vestido de flores que tanto le gustaba. Papá, por su parte, llevaba aquel traje de chaqueta que le habían regalado por Navidad. En aquel momento, se sintió muy orgulloso de ellos.
Se apartó un mechón de pelo rubio de la cara y esperó pacientemente a que llegase el tren. Entonces, bostezó. El cansancio le estaba haciendo efecto. Apoyó la cabeza sobre el hombro izquierdo y, antes de darse cuenta, cayó rendido sobre el asiento…
Cuando abrió los ojos por primera vez, la luz del sol le cegó durante unos segundos. Al principio veía todo borroso. Luego, fue vislumbrando poco a poco la silueta de una mujer.
– ¿Javier Cifuentes? – preguntó la mujer con una amplia sonrisa.
– Mis amigos me llaman Javi – repuso él a modo de respuesta.
La señora sonrió abiertamente y le deseó un buen viaje mientras se dirigía hacia la puerta. Javi se desperezó y, casi al instante, se arrepintió de haberlo hecho por la mirada asesina que le lanzó la anciana que se sentaba en el asiento contiguo.
Entonces, se acomodó en el asiento y centró toda su atención en la película que les habían puesto. Se llamaba “La Pantera Rosa”. Hizo un amago de sonrisa al ver los ridículos bigotes que tenían y relajó los músculos. El tiempo se le pasó muy rápido y antes de darse cuenta, la película había acabado y habían llegado a su destino.
Nada más bajar del tren, vio al abuelo. Tenía el pelo corto y canoso, y unos ojos azules difíciles de olvidar. Llevaba cinco años sin verle pero aún así fue fácil reconocerle. Su parecido con mamá era evidente.
Javi se acercó, lo saludó y le dio un beso en la mejilla. El abuelo sonrió y dejó al descubierto una dentadura mal cuidada y con más huecos de los que Javi recordaba.
– Bueno, ¿qué tal el viaje? – preguntó el abuelo dirigiéndose hacia el coche.
– Bien – respondió Javi, no muy convencido de su respuesta.
Entonces, sonrió para sus adentros. Los dos eran hombres de pocas palabras.
Javi dirigió su mirada hacia el coche. Era un Renault bastante antiguo de color marrón claro. Le gustó bastante. Siempre le habían gustado los “Renaults”. Tomó asiento y entrecerró los ojos tratando de disfrutar de la cálida luz del sol que se filtraba por la ventana.
De repente, el abuelo se dio la vuelta y le preguntó si le gustaría ir a la sierra de excursión.
– ¿Qué es “la sierra”? – preguntó Javi sorprendido.
Entonces el abuelo estalló en carcajadas que se transformaron en una simple sonrisa al ver el gesto de extrañeza de su nieto.
– No me digas que nunca has oído hablar de la sierra de Cádiz – inquirió el abuelo sorprendido.
– ¡Sólo tengo ocho años! – protestó Javi enfurruñado – Soy demasiado pequeño.
– Entonces te gustará – sentenció el abuelo.
Pisó el acelerador y reemprendió el camino hacia su casa mientras silbaba una canción bastante conocida de los 70.
– ¡Tengo hambre! – se quejó Javi – ¿Qué hay para comer?
– Bocadillos de jamón serrano – respondió el abuelo
Javi hizo ademán de protestar nuevamente pero calló al ver la mirada de reproche del abuelo.
En vez de hablar, se dedicó a echar un vistazo a la casa de su abuelo. Era bastante bonita. Tenía un camino de piedra que llevaba hasta la casa. A los lados del sendero, había una fila de arbustos silvestres. La casa tenía las paredes color crema, tejas color carmesí y una chimenea bastante antigua. Pero lo que más le sorprendió a Javi fue la piscina.
– ¿¡Tienes piscina!?– preguntó Javi sorprendido.
– En mis tiempos, fui un buen nadador – repuso él quitándole importancia al asunto.
– ¿Podremos bañarnos después de comer? – preguntó Javi con ojos suplicantes.
El abuelo esbozó una pícara sonrisa. Las arrugas de su rostro que se le acentuaron aún más le conferían un aspecto de duendecillo del bosque.
– ¿Por qué no ahora? – sugirió él en tono confidencial.
Javi soltó un grito de júbilo mientras se dirigía hacia la piscina corriendo.
Aquel día transcurrió demasiado deprisa para Javi…
– …y entonces la abeja después de cinco semanas buscando en vano su panal, lo encontró.
Al abuelo se le daba muy bien eso de contar historias. Tenía la voz suave y pausada, y una estantería repleta de libros infantiles.
Sonrió tristemente al pensar que nadie le había pedido que se los contara nunca. Nadie…excepto Javi.
El abuelo lo miró. Había tenido un día agotador y se había caído dormido en la cama nada más tumbarse. Tenía los ojos cerrados y respiraba acompasadamente.
– Buenas noches – susurró mientras apagaba la luz del cuarto.
Entonces, se dirigió hacia su habitación, se metió dentro de la cama y se durmió pensando en lo que iban a hacer el día siguiente…
– ¡Despierta, dormilón! – El abuelo zarandeó a Javi tratando de despertarlo – Hoy nos vamos de senderismo.
Javi balbució algo ininteligible con los ojos entrecerrados. Entonces, de repente, pegó un respingo y abrió los ojos de golpe.
Acto seguido, se incorporó sobre la cama y suspiró aliviado.
– Era sólo un sueño – murmulló avergonzado y dirigiéndose al abuelo dijo:
-Buenos días.
– Venga, ¡a desayunar! – proclamó el abuelo – Hoy tenemos tostadas.
Bajó los pies de la cama, se puso las zapatillas y se dirigió hacia la cocina seguido del abuelo. Desayunaron, se vistieron y salieron en coche hacia la montaña.
Esta vez, el recorrido fue un poco más incomodo. El abuelo conducía un poco molesto por los numerosos baches del camino y, de vez en cuando, soltaba alguna palabra malsonante. El coche, que parecía compartir el sentimiento del dueño, no dudaba en brincar en los momentos menos oportunos.
Afortunadamente, llegaron sin problemas. La ruta estaba señalizada correctamente y además, el abuelo se conocía la montaña como la palma de su mano.
Lo primero que hizo el abuelo al bajar fue mirar su reloj de pulsera. Marcaba las nueve de la mañana. Sonrió satisfecho y emprendió la marcha con su nieto.
Javi se lo pasó de maravilla. Nunca se había parado a pensar que podría haber tanta vida en un sitio tan simple como aquel. Se notaba que era un sendero poco transitado porque a veces los caminos se bifurcaban en dos senderos y no había ninguna indicación sobre cuál seguir. Era bastante confuso. Pero con el abuelo iba seguro. El abuelo se había criado allí, en el campo, y nunca se había sentido desorientado. Aquel era su hogar. En cambio, jamás había visitado las grandes ciudades. Javi se sorprendió al enterarse de que no tenía móvil.
– ¿Cuál es tu animal favorito? – preguntó el abuelo súbitamente.
Javi se sorprendió por la pregunta pero contestó sin vacilar.
– El ciervo siempre ha sido mi animal favorito.
El abuelo esbozó una extraña sonrisa.
– También el mío.
De repente, se oyó un ruido en los arbustos. Javi y su abuelo se giraron bruscamente a la vez. El abuelo se volvió hacia Javi.
– Espera aquí un momento.
Sin darle tiempo a rechistar, el abuelo se perdió entre los lentiscos. Javi se sorprendió de lo rápido que podía caminar su abuelo cuando quería. Se tumbó sobre el suelo y dejó el tiempo pasar…
Nada más despertarse cayó en la cuenta de que no había desayunado. Cogió la mochila de su abuelo y la abrió con delicadeza. Entonces cayó un sobre. Se agachó y se sorprendió al ver su nombre. Cogió la carta entre sus dedos y le dio la vuelta. En ella rezaba “A mi nieto Javi”. No se hizo de rogar y empezó a abrirla con cuidado cuando de repente oyó un bramido. Se dio la vuelta y entonces vio lo último que se habría imaginado que vería en su vida.
Era un ciervo. Y justo detrás estaba el abuelo.
– Te presento a Fergus – dijo el abuelo con una sonrisa enigmática.

(Por Pablo Bravo Galindo, Cádiz).

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